Cuando era niña, muchas comidas familiares acababan igual. "¿Hacemos unos buñuelos?", decía mi abuela, mi madre o mi tía. No esperaban respuesta, se levantaban de la mesa en un revuelo y en cinco minutos aparecían con una bandeja llena de buñuelos dulces recién hechos, bien rebozados en azúcar y con ese aroma a anís que llenaba toda la casa. ¡Qué recuerdos!
No hacía falta tener hambre. Y daba igual que estuvieras lleno, esos buñuelos entraban solos, casi sin querer... Muchas veces yo me colaba en la cocina para ver cómo los hacían. Me parecían unas magas. En un plis tenían la masa hecha y los buñuelos empezaban a bailar en la sartén. Una los ponía en el aceite, la otra les daba la vuelta, la otra los rebozaba en azúcar, ¡una auténtica factoría de buñuelos! Una vez en la mesa, desaparecían aún más rápido.
Para mí, esos buñuelos son los mejores del mundo. Pero los buñuelos dulces ya eran un manjar en el Siglo de Oro (XVII): los preparaban en los banquetes de la corte de Felipe III y Felipe IV, rellenos de crema o bañados en almíbar y los acompañaban con chocolate caliente y licores dulces. Y aún antes, durante la Edad Media, estos bocados dulces ya eran muy populares. Tanto, que existía incluso la figura del "buñolero", un vendedor ambulante que freía los buñuelos en plena calle y los vendía durante los mercados y fiestas populares. Eran buñuelos más básicos, solo hechos con harina, agua y huevo, pero oye, bien calentitos seguro que estaban deliciosos. Algo así como el fast food o street food del medievo, que esto de comer en la calle ya estaba inventado de hace mucho.
¿Por qué son los buñuelos son típicos de la Cuaresma y la Semana Santa? Porque en esta época de ayuno, antiguamente los miércoles y los viernes solo se podía hacer una comida fuerte al día y esta no podía incluir ningún tipo de carne. Para hacer el suplicio más llevadero, miércoles y viernes se solían cocinar buñuelos dulces, que ayudaban a calmar un poco el hambre sin ofender a nadie.
Existen varias creencias sobre los buñuelos, algunas de ellas muy curiosas. Por ejemplo, cuentan que, por cada buñuelo que se come, se libera un alma del purgatorio (por eso los buñuelos también son típicos de Todos los Santos). Y, en Mallorca, tienen una tradición muy romántica sobre los buñuelos de viento. Los chicos van a casa de sus enamoradas y les cantan una serenata. Si su amor es correspondido, las chicas les invitan a subir a casa para comer buñuelos y beber moscatel. También dicen que, si al freír buñuelos, estos se hinchan, significa que quien los ha hecho tendrá buena fortuna. Aunque ya sabes, no te lo tomes al pie de la letra, que como dice el refrán, "a quien cuece y amasa, de todo le pasa".
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