Jorge Javier Vázquez

Jorge Javier Vázquez

Escassi

“Escassi está enamorado de sí mismo, por eso no sufre con las rupturas”

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Jorge Javier Vázquez

Escritor, presentador, actor y productor teatral

Tengo un amigo de mi edad al que un chico veinte años más joven le acaba de decir aquello tan manido de “no estoy preparado para una relación”. Esta frase es la versión marca blanca de otra más contundente: “No me gustas”. Hay gente que utiliza la primera para minimizar daños, pero en realidad es mucho más dolorosa porque te empuja a comerte la cabeza sin control. “Quizás no estés preparado ahora, pero ¿lo estarás dentro de un mes? ¿Espero? ¿Y si a lo mejor le envío un mensajito para recordarle que sigo estando aquí? ¿Qué quieres decir cuando dejas caer que no estás preparado para una relación? ¿Que prefieres todo lo demás y estar con todos los demás antes que intentarlo conmigo?”.

Estas son algunas de las cuestiones que empiezan a pasearse por nuestro cerebro cuando alguien recurre al “no estoy preparado” así que, por favor, cuando te pidan para salir y no estés convencido opta por la sinceridad. Mucho mejor pronunciar: “No eres lo que busco” a irse por las ramas. La hostia duele pero a partir de ahí puedes empezar a recuperarte. Si se van aplicando parches la esperanza no acaba de morir y eso es mucho peor porque la duda es tan corrosiva como el óxido. Destruye. Sepulta. Deprime. Mi amigo llevaba cuatro años colgado de este chico.

A lo largo de este tiempo se han visto muy pocas veces aunque siempre que coincidían mi amigo se daba cuenta de que el chico le gustaba cada vez más y acababa huyendo porque la historia era complicada de narices. El chico no entendía que, si tanto le gustaba a mi amigo, este siempre acababa desapareciendo. Incluso bloqueándolo. Durante las noches de pasión mi amigo hacía promesas que nunca cumplía. Las últimas veces el chico acababa escuchándolas con una sonrisa mezcla de ironía y decepción porque ya sabía cómo acababa el cuento: mal. Estoy explicando la historia obviando algunos pasajes, no es tan sencilla como parece, había varios “peros”.

Uno importante: mi amigo no fue valiente. Otro: creo que al chico no le gustaba mi amigo aunque le hubiera gustado que eso sucediera. El caso es que hace un mes el chico y mi amigo volvieron a coincidir. Y volvieron las promesas. Esta vez iban en serio. Jugaron a intentarlo. Por muy poco tiempo, porque después de una cena un día tan intempestivo como un lunes y ante la posibilidad de formalizar una cita durante el fin de semana el chico le envió un mensaje contestándole que se quitaba de en medio porque quería centrarse en su trabajo. Que ahora que empezaba a estar bien no quería meterse en una relación que vete tú a saber en qué estado anímico podría acabar dejándole.

Uno por otro, la casa sin barrer. Mi amigo se levanta pensando en él, se acuesta pensando en él y durante el día piensa demasiado en él. Y tiene muchas ganas de llorar. Tantas, que no deja de acordarse de lo bien que estaba cuando no lloraba por nadie. La vida es así: solo cuando estamos mal somos capaces de valorar lo a gusto que se está aburrido como una mona. 

La desilusión no tiene edad

Mi amigo no está ahora para sacarle ninguna moraleja a la mierda de momento que está viviendo pero cuando todo esto haya pasado –que pasará– le diré... En fin, en realidad no sé lo que le diré. Porque yo soy igual de pavo que mi amigo. Echo en falta una ilusión amorosa, pero cuando aparece me desequilibra. Y si la ilusión me deja plantado entro en una dimensión triste y oscura que creía superada a mi edad. Que no iba a volver a suceder. A padecer. Pero sí. La he vivido porque la desilusión no conoce edad. Mi psicóloga se ha puesto muy contenta cuando me ha visto destrozado porque para ella es la prueba palpable de que todavía siento.

Me da rabia darle la razón, pero la tiene. Las desilusiones pasan, lo sé, y en algún momento volverá la alegría. Pero mi amigo y yo estamos de acuerdo en que es un soberano coñazo tener que atravesar estos estados de ánimo tan propios de la adolescencia. Y también estamos de acuerdo en que la edad nos debe ayudar a no dejarnos comer por la tristeza. Mi amigo me ha contado que lo que más le ha gustado de toda esta historia –por sacar algo positivo– es darse cuenta de que solo desea que el chico esté bien. Aunque no sea con él.

Mi encuentro con Escassi

Es bonito comprobar cómo la vida puede hacerte mejor persona. Eso es el amor: desear 
que la persona a la que quieres sea feliz contigo o sin ti. De todo esto y de muchas más cosas hablamos un domingo por la mañana, en el que además le explico con todo lujo de detalles mi encuentro el viernes por la noche con Álvaro Muñoz Escassi. Al jinete le dediqué un blog no hace mucho poniéndole fino pero creo que se la sopló bastante porque estuvo más Escassi que nunca, es decir, incansablemente juguetón.

Ahora una mordidita de labio inferior, ahora una lenta caídita de ojos. Coincidimos en maquillaje antes de salir en ‘¡De viernes!’ y flipé con la de veces que se mira el espejo y pone morritos. De no creer. Primero se miró con gafas, luego sin ellas y entre medias se iba poniendo en el pelo todo lo que encontraba: que si un chorrito de laca, que si un chorrito de brillo. Álvaro Muñoz Escassi tiene el cuerpo que a mí me gustaría tener. Delgadito y muy estrechito de perfil. Mira que le conozco historias amorosas pero jamás lo he visto triste por una ruptura.

Creo que conozco el secreto. Álvaro Muñoz Escassi tiene el corazón intacto porque está enamorado de sí mismo y así es imposible defraudarse. Su primer y único mandamiento es: “Amarás a Álvaro Muñoz Escassi por encima de todas las cosas”. Su corazón está tan lleno de amor por sí mismo que no hay cabida para la pena. Y así, “es cassi” imposible sufrir por alguien que no sea uno mismo. Algo que es sencillísimo de llevar porque siempre acabas perdonándote.